¿Desde cuándo el aprendizaje tiene límite de edad?
¿Desde cuándo la innovación tecnológica es patrimonio exclusivo de la juventud?

La inteligencia artificial se presenta como la gran herramienta del mañana. Un recurso imprescindible para adaptarse a un mundo laboral en constante evolución. Sin embargo, este cartel lanza un mensaje implícito: que a partir de 36 años ya no merece la pena aprender, reciclarse o participar en el cambio.

Esta exclusión no es anecdótica. Es una forma más de discriminación por edad normalizada, envuelta en un lenguaje moderno y atractivo. Se habla de “agentes del cambio”, pero se decide quién puede serlo y quién no en función de su fecha de nacimiento.

El edadismo ha calado tan hondo en la sociedad que ya se discrimina a los propios jóvenes (36 años), también se esconde detrás de discursos aparentemente progresistas. Se disfraza de política de acceso, de requisito técnico, de criterio organizativo. Pero su efecto es el mismo: dejar fuera a personas capacitadas, interesadas y con derecho a formarse.

La tecnología no entiende de años cumplidos.
La curiosidad no se jubila.
La capacidad de aprender no caduca.

Cada vez que se establece una barrera de edad para acceder al conocimiento, se refuerza la idea de que hay vidas útiles y vidas prescindibles. Y eso no es innovación: es exclusión. Exclusión financiada por la Unión Europea.

Porque el futuro no se construye solo con jóvenes.
Se construye con todas las edades.

Y mientras sigamos aceptando que aprender tenga límite, la discriminación seguirá presentándose como oportunidad.

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