El lenguaje no solo describe la realidad: la moldea. En el caso del edadismo, las palabras que usamos para referirnos a las personas mayores pueden reforzar estereotipos, invisibilizar su diversidad o limitar su participación social.
La forma en la que nombramos a las personas mayores no es neutra. Las palabras que usamos reflejan —y muchas veces refuerzan— estereotipos, prejuicios y narrativas que invisibilizan la diversidad de este grupo. Y lo que es más importante: esas palabras también influyen en cómo las tratamos, cómo las escuchamos y cómo construimos políticas y vínculos con ellas. Y si queremos diseñar estrategias y políticas públicas adaptadas a los tiempos, este vocabulario está plenamente superado.
Tan importante como el lenguaje que usamos para hablar de los mayores es el que empleamos al hablar con ellos. Muchas veces, la comunicación con personas mayores está marcada por el paternalismo, la condescendencia o la infantilización.
Usamos diminutivos, un tono de voz exageradamente suave, damos órdenes sin explicar o tomamos decisiones que les afectan sin consultarles. Este tipo de comunicación no solo es irrespetuosa, sino que vulnera su autonomía y dignidad.
La buena comunicación exige reconocer la capacidad de decisión, los saberes acumulados, los ritmos propios y las formas de expresión de cada persona. También implica adaptar los canales y formatos: muchas campañas, aplicaciones, trámites o servicios no están pensados para las realidades tecnológicas y cognitivas de muchas personas mayores.




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